La Historia Que No Nos Contaron

El día que Pompeya quedó sepultada tras la erupción del Vesubio

Corría febrero del 62 d.C., cuando un terremoto sorprendió a los habitantes de Pompeya y otras ciudades cercanas. No obstante, la ciudad fue reconstruida y todavía se estaba restaurando cuando, el 24 de agosto del 79 d.C., fue testigo de lo que sería la peor catastrófe de su historia: la erupción del Vesubio.

Según los escritos de los Plinio el Joven (Cayo Plinio Cecilio Segundo, 61-112) en una carta a su amigo Cornelio Tácito –no existe otra referencia directa– Él y su tío Plinio el Viejo (Cayo Plinio Segundo, 23-79) fueron los únicos cronistas de la destrucción de Pompeya.

Allí relata que ese 24 de agosto empezó como un día normal. Por ejemplo, en la Casa de los Pintores, un grupo de obreros siguió cubriendo con yeso fresco una pared destinada a mural, mientras un pintor bocetaba en papel el tema elegido.

En un punto que ambos cronistas, instalados en el puerto de Miseno, fijaron entre las diez de la mañana y el mediodía, una serie de explosiones nacidas en la capa freática del volcán abrió las puertas del terror.

El suelo tembló. Otro pintor, en lo alto de su andamio, no pudo impedir la caída de un cubo con cal que salpicó la pared. Diecinueve siglos más tarde, los arqueólogos encontrarían esas huellas.

Después de un lapso de calma, a la una de la tarde, la tapa de lava sólida que bloqueaba la chimenea –así se llama– del volcán, empujada por la presión de los gases, voló como un gigantesco corcho de champagne (figura anacrónica: el monje Dom Perignon creó esa bebida en 1693), y una gigantesca y ominosa nube oscura tornó el día en noche.

Según Plinio el Viejo, esa formación cobró la forma de un pino (en el siglo XX, sería bautizada como “Penacho pliniano”).

El 26 de agosto volvió a salir el sol y del Vesubio solamente emanaba una columna de humo, pero Pompeya estaba completamente ennegrecida y destruida. El sitio se perdió de la memoria durante más de 1.500 años, hasta que empezaron las primeras excavaciones arqueológicas en 1748 por el ingeniero español Roque Joaquín de Alcubierre, nacido en Zaragoza.

Durante las excavaciones, se hallaron unos 2000 cuerpos. Estaban enterrados bajo ceniza solidificada, que durante la erupción había consumido los tejidos, formando huecos que contenían los restos humanos.

En 1860, el arqueólogo italiano Giuseppe Fiorelli rFiorelli rellenó estos huecos con yeso, y obtuvo moldes de los cuerpos de las víctimas que mostraban el último momento de su agonía. Algunos de ellos, exhiben la expresión de terror en sus caras. En posiciones fetales, se tapan la boca o cubren a sus niños tratando de evitar la inhalación de los gases tóxicos. Otros se aferran a sus joyas y ahorros. En el Domus de Julio Polibio (sabemos su nombre porque en el frente de la casa hay un grafiti que llama a votarlo en las próximas elecciones) se encontraron 13 esqueletos, uno de ellos de una joven en avanzado estado de gestación.

Es complejo hablar del total de muertos que causo el Vesubio, se estima que por entoncesPompeya tenía unas diez o veinte mil almas. La mayoría, ante las primeras amenazas del volcán, logró escapar. Miles murieron en la huída, asfixiados o aplastados por la lluvia de piedras. En total, hasta el 2002, en que fueron descubiertos los últimos cuerpos, casi mil quinientos quedaron atrapados dentro de la ciudad.

Un detalle que suele conmover a los miles de turistas que visitan las ruinas más aun que La Víctima Sentada o Los Amantes: el perro de la casa de Vesonius Primus con el collar que lo ataba a una cadena…

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