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América Latina resiste, la Derecha Golpea al Pueblo Boliviano

Por Miguel Croceri (*)

Derrota del oficialismo derechista de Mauricio Macri en Argentina, que comenzó en las Paso (Primarias Abiertas, Simultáneas y Obligatorias) del 11 de agosto.

Grandes protestas en Ecuador, a mediados de octubre, contra el aumento del precio de los combustibles.

Estallido social y político a partir del 18 de octubre en Chile, donde se desató un estado de rebelión popular generalizada y sin desemboque a la vista, ante lo cual el gobierno respondió con la misma violencia y criminalidad que la derecha chilena ejerció al extremo hace cuatro décadas y media, durante la dictadura genocida.

Primeros gestos públicos entre el presidente mexicano Andrés Manuel López Obrador (AMLO, según se abrevia el nombre en su país por las iniciales) y el electo mandatario nacional, Alberto Fernández, para construir un “eje México-Argentina” en torno del cual se establezcan alianzas internacionales que apunten a la autonomía latinoamericana frente a Estados Unidos y a las corporaciones y demás poderes trasnacionales.

Liberación –al menos provisoria, ya que sigue bajo asedio del corrupto aparato judicial integrado al régimen derechista– del ex presidente de Brasil Luiz Inacio Lula da Silva, el más grande líder popular de la historia de su país.

Todos los párrafos anteriores resumen hechos reales ocurridos en solo tres meses (tomando como punto de partida, arbitrario pero orientativo, las primarias argentinas del 11 de agosto), que muestran una tendencia significativa de la dinámica política y social en los países que están el sur del río Bravo (frontera física natural de más de 3.000 kilómetros entre Estados Unidos y México, y además frontera simbólica).

Una interpretación de esos sucesos indica que América Latina resiste y le pone algunos frenos a la ofensiva de Estados Unidos y de las derechas locales. Pero la disputa continúa y nunca termina, y la realidad es compleja, diversa, paradójica y contradictoria.

El derrocamiento del fundador y presidente del Estado Plurinacional de Bolivia, Evo Morales Ayma, puede ser el fin de una época. No solo para ese país sino para toda la región.

Esa época estuvo marcada por la realización de elecciones para conformar la conducción del Estado en los diferentes países. La “democracia” pasó a ser un concepto –un valor– prácticamente indiscutido desde hace casi cuatro décadas al menos en América del Sur, esto es desde principios de los años 80. Incluso Estados Unidos y la derecha local y extranjera fracasaron en el golpe de Estado de 2002 contra Hugo Chávez en Venezuela.

Centroamérica no fue igual porque tuvo otras realidades derivadas de guerras internas y procesos revolucionarios en las décadas previas, y porque Estados Unidos invadió Panamá hace exactamente 30 años (en diciembre de 1989, mientras “el mundo” se deslumbraba con la caída del Muro de Berlín).

Pero en el sur del continente, luego de que las dictaduras azotaran a los pueblos durante gran parte del siglo XX, un consenso social ampliamente mayoritario admitía al voto ciudadano como la fuente de legitimidad imprescindible para dar origen a gobiernos de distinta orientación político-ideológica.

Quizás –aunque nadie puede saberlo, y esta es solo una conjetura– la terrible derrota que acaba de consumarse en Bolivia contra la estabilidad democrática y contra un proceso de transformación social en favor de las clases populares, abre una etapa con características inimaginables para la paz política y social en esa nación y en el resto de América Latina.

Tratar de observar lo que puede ocurrir de aquí en adelante es intentar “una mirada hacia la oscuridad”. (Expresión tomada del historiador Eric Hobsbawn cuando escribía a principios de los años 90, luego del fin del mundo “bipolar” al derrumbarse la Unión Soviética y quedar solo Estados Unidos como superpotencia hegemónica mundial).

Bolsonaro, Lula, Uruguay

Antes del golpe de Estado contra Evo, que fue contra el más vigoroso proceso de revolución en paz en un país de América Latina, el fenómeno más contundente del dominio de Estados Unidos y las oligarquías locales –a través de sus diferentes instituciones y organizaciones políticas y corporativas, que pueden resumirse en el concepto ideológico de “derechas”– lo constituía el gobierno de Jair Bolsonaro en Brasil.

Extremista en sus sustratos ideológicos y religiosos, violento en su retórica y gestualidad política, y con propensión al desequilibrio y a los rasgos psicóticos en su personalidad, Bolsonaro es nada menos que el jefe de Estado del país que representa la mitad de América del Sur (“mitad” es una estimación a grandes rasgos) por su territorio, población y tamaño de la economía.

Ese sujeto, y en general todo el aparato judicial, mediático, religioso y del espionaje que –siguiendo un plan diseñado en Estados Unidos– corrompió las reglas básicas del estado de derecho y generó un proceso electoral fraudulento para eliminar de las disputas de poder a Lula y al PT (Partido de los Trabajadores), siguen conservado una enorme legitimidad no sólo en las clases sociales acomodadas y las corporaciones que articulan sus intereses, sino también en una parte considerable del pueblo y sus clases más pobres.

No obstante, la liberación de Lula abrió nuevas expectativas respecto de la sostenibilidad de ese poderío de la derecha. Su liderazgo y su carisma no son los de sus mejores tiempos, porque han sido desgastados por la acción propagandística de las maquinarias comunicacionales que, a lo largo de varios años y durante las 24 horas de todos los días de la vida, convencieron a una parte de la población de que él, sus gobiernos, su partido, etcétera son “ladrones” y “corrupción”.

Aún así, es un líder amado por otra parte de la población (una vez más: la realidad es compleja, contradictoria, diversa y paradójica; nada es fácil, lineal ni sencillo en las sociedades). En tanto pueda continuar en libertad y seguir haciendo política, su acción y su discurso serán un factor determinante de la vida colectiva brasileña en el futuro de corto y mediano plazo.

Los hechos mostrarán si el régimen fraudulento de Bolsonaro y las corporaciones mantienen libre al líder del PT, o si vuelven a encarcelarlo con cualquier pretexto (tiene al menos siete causas judiciales que le inventaron para meterlo preso de una u otra forma). Por el momento, una derecha neofascista, agresiva y peligrosa para la paz y las relaciones internacionales ocupa el gobierno en el país más grande de América del Sur.

A su vez, en el balotaje que se realizará en Uruguay el domingo 24 es probable que sea derrotado el aspirante presidencial del Frente Amplio, Daniel Martínez, y en cambio resulte ganador el candidato neoliberal y pro-norteamericano Luis Lacalle Pou.

Meses, semanas y días

En un párrafo anterior se mencionó que la recuperación de espacios de poder para las fuerzas democráticas y populares en América Latina comenzó con la derrota electoral de Macri en las Paso de nuestro país. Allí se aclaraba que ese supuesto punto de partida era “arbitrario pero orientativo”.

Ampliando la lente (o el lente) en el tiempo y en el espacio, también podría afirmarse que el hecho fundante de la nueva distribución de poder en el subcontinente empezó en julio de 2018 en México, cuando López Obrador ganó las elecciones (asumió cinco meses después, el 1° de diciembre, todavía no se cumplió un año).

El hecho de que llegara al gobierno un político moderado y cauto pero con perspectivas reformistas en una nación que es, junto con Brasil, el otro “gran” país –también por su territorio, población y economía– no sólo del sur sino de América Latina entera, abrió las posibilidades de una nueva transformación en el escenario continental.

La precisión del momento en que empezó la etapa quizás tenga alguna utilidad para la reflexión y el análisis, pero no es un dato fundamental por sí mismo. Lo fundamental son los hechos que se produjeron y que indicaron un freno a la hegemonía de las derechas y de Estados Unidos.

Hubo grandes novedades de los últimos meses, semanas y días en México, Argentina, Chile y Ecuador. A ello se suman la permanente y hasta el momento indoblegable resistencia de la Revolución Bolivariana de Venezuela, y la heroica e inigualable dignidad de Cuba.

En conjunto, todo ello mejoró las chances de recuperar cierta autonomía y fortaleza de los Estados nacionales latinoamericanos contra el absolutismo del capital globalizado, las corporaciones locales y los factores de poder internacionales –Estados Unidos en primer lugar– y por lo tanto de recrear condiciones favorables al desarrollo económico y social de los pueblos.

Sin embargo, la derecha respondió con un fulminante ataque contra un proceso único por su profunda raigambre étnica y de clase. Por primera vez un indígena gobernó Bolivia, y los sectores sociales pobres, campesinos y de comunidades originarias accedieron a niveles de decoro y decencia nunca antes conocidos. El presidente Morales construyó –con sus virtudes y defectos– un modelo de democracia auténticamente popular.

Además, fue un patriota valiente que defendió la soberanía económica del país y produjo, con la nacionalización de los hidrocarburos el 1° de mayo de 2006 –unos 100 días después haber asumido el gobierno– una transformación rotunda de las relaciones de poder entre un Estado nacional soberano y los conglomerados capitalistas trasnacionales. Esa medida revolucionaria fue una condición necesaria para repartir la riqueza entre las clases sociales más oprimidas.

Su grandeza de espíritu y la nobleza de su proyecto político lo llevaron a renunciar, junto con su extraordinario e incondicional compañero de lucha y de gobierno, el vicepresidente Álvaro García Linera, como forma de pacificar el país ante la violencia desatada por el odio de la derecha y la extrema derecha.

En ese contexto, la integridad física de ambos y su propia vida corre peligro, igual que la del conjunto de bolivianas y bolivianos que forman parte del movimiento social y político que ellos encabezan.

Desde este domingo 10 de noviembre de 2019, día del derrocamiento de Evo, América Latina vive un momento histórico atroz. En Bolivia ganó el odio étnico y de clase, y quizás haya terminado la época en que los gobiernos surgían de elecciones.

Pero nadie lo sabe. También las fuerzas democráticas y populares del continente demuestran que saber resistir. Y sobre todo (repitiendo palabras ya expresadas en esta nota), la disputa continúa y nunca termina. La realidad es compleja, diversa, paradójica y contradictoria.

(*) Miguel Croceri  es periodista opinon en elciudadanoweb.com

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