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Chile: el Pueblo dice Basta y se Confirma el Fracaso del Neoliberalismo

Especial – Por Julián Pilatti (*)

La gente sale a las calles con cacerolas, con banderas, con instrumentos musicales. El presidente Sebastián Piñera, que llegó al límite de declarar una “guerra” contra el pueblo, mandó los militares a las calles.

El aumento inexplicable del metro no fue la principal causa, como los grandes medios de comunicación explican. Tan solo fue la gota que rebalsó el vaso, si se observa el extenso malestar que angustia a millones de personas: desde un sistema de educación privatizado, hasta un sistema previsional que estafa a los jubilados y jubiladas chilenas.

Sus orígenes se remontan a los años 70, donde Chile fue el primer “experimento” neoliberal. El golpe de Estado que dio Augusto Pinochet en 1973, terminó con una revolución democrática que estaba comenzando, así como con la vida del líder socialista Salvador Allende y la de miles de chilenos secuestrados, torturados y asesinados por la dictadura.

Pero, como en casi todos los países de América Latina, los golpes fueron para detener las “amenazas” políticas que preocupaban al imperialismo yanqui, y al mismo tiempo para imponer doctrinas económicas que terminaron destruyendo las industrias nacionales. En donde, se sabe, ganan las multinacionales y los actores económicos más poderosos para continuar el proceso de dominación hacia los pueblos.

Chile estaba en eso, turnando presidentes de la misma esencia pero con diferentes discursos, mientras el estallido subterráneo comenzaba a hervir en la población. Y esa presión terminó liberándose en las calles.

Claro que, la respuesta represiva del Estado ya tiene sus consecuencias más graves: hay al menos 11 personas fallecidas y todavía no se sabe sus identidades y de qué forma murieron.

Al mismo tiempo, se denuncian constantes violaciones de los Derechos Humanos por parte de las Fuerzas Armadas. Es curioso que ninguno de los países que se obsesionan con condenar al supuesto régimen de Venezuela, se haya tomado el tiempo de emitir una declaración por lo sucedido en Chile. Ni EE.UU., ni la Organización de Estados Americanos (OEA), ni la Cancillería del gobierno de Mauricio Macri.

El hastío que desencadenó la insurrección popular se explica en algunos datos que desmienten al denominado “milagro chileno”. Primero, Chile es hoy uno de los ocho países más desiguales del mundo según mostró un informe reciente del Banco Mundial.

Por su parte, la CEPAL confirmó que actualmente el 1% más rico de la población goza del 26,5% del ingreso nacional, mientras que la mitad de la población solo accede al 2,1%.

En tanto, el descontento por la privatización de la educación pública y un sistema previsional que literalmente estafa a las personas mayores, genera una constante tensión y malestar en la población.

Esto se refleja particularmente con la clase política y los números de cuántas personas fueron a votar en la última elección, lo deja más que claro. El 53,3% no acudió a las urnas en la primera vuelta electoral de 2017.

Sebastián Piñera fue elegido entonces por apenas el 26,4% del electorado total. Al calor de los acontecimientos se podría ver aún más reducida su escasa popularidad.

Ahora, los levantamientos en Chile se suman a la victoria popular que la semana pasada consiguió el movimiento indígena y el pueblo de Ecuador tras largos días de protestas en contra de una descarada quita del subsidio al combustible que afectaba gravemente las economías regionales.

El panorama en América Latina comienza a agitarse. Los gobiernos neoliberales están en la cuerda floja o se encuentran atravesados en crisis profundas.

En Argentina, el gobierno de Macri podría terminar este próximo domingo 27 de octubre, al tiempo que la popularidad del presidente Jair Bolsonaro en Brasil se ve disminuida con el paso de su polémica gestión. Por ahora, Chile confirma el fracaso de las políticas neoliberales y reabre una nueva etapa en esta parte del continente.    

(*) Julián Pilatti es Periodista de BatallasdeIdeas.com.ar

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