La Historia Que No Nos Contaron

¿Porqué Celebramos hoy el “Día de la Soberanía Nacional”?

Una vez mas en #JotaPosta nos disponemos a encasillarnos por los rieles de la historia. Una visión diferente a la que estamos acostumbrados desde pequeños.

Secretos, anécdotas, héroes humanizados, y aquella otra mitad de la historia que merece ser descubiertas, para entender lo que paso, comprender lo que nos pasa y quizás, analizar lo que nos puede llegar a suceder.

El 20 de Noviembre de 1845 se libró, en aguas del río Paraná, sobre su margen derecha y al norte de la provincia de Buenos Aires, en un recodo donde el cauce se angosta y gira, la batalla conocida como Vuelta de Obligado, en lo que hoy es la localidad de Obligado.  En 2010, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, a través  del decreto 1584 declaró esta fecha como “Día de la Soberanía Nacional”, con carácter de feriado nacional en toda la República.

Surgen entonces varios interrogantes acerca de este día.  ¿Fue en verdad una epopeya símil al Cruce de los Andes? ¿Significo un gesto de poderío nacional o solo implico un triunfo provincial? ¿Se trato de una victoria moral o la flota anglo francesa fue derribada?

Iniciar un repaso por la historia y entender, los más  racionalmente posible,  lo ocurrido en esas aguas por el 1800, implica sobretodo situarnos en el contexto histórico en el que deambulaba nuestro país.

Hasta años mas tarde de la Declaración de la Independencia, allá por 1816, continuaba vigente quizás el mayor de los recelos criollos: ¿Quién, como y donde Gobernar?

Esta cuestión abrió las puertas a una interna civil que dominaría el territorio por años: los Federales, partidarios de las autonomías provinciales, y los Unitarios, adeptos del poder central de Buenos Aires.

En el aspecto institucional estas disputas políticas desembocaron en una largo conflicto interno cuyo primer episodio fue la batalla de Cepeda en febrero de 1820, cuando los caudillos federales de Santa Fe, Estanislao López, y de Entre Ríos, Francisco Ramírez, derrocaron al Directorio. A partir de entonces, cada provincia se gobernaría por su cuenta. La principal beneficiada por la situación será Buenos Aires, la provincia más rica, que retendría para sí las rentas de la Aduana y los negocios del puerto.

Entre 1820 y 1852, excepto un breve intervalo entre 1825 y 1827 (en el cual se forma el Congreso General que entre otras medidas redacta una transitoria Constitución y nombra a Rivadavia como el primer presidente), el país careció de un gobierno nacional. La única excepción fue la representación externa, que fue asumida por el gobernador de la provincia de Buenos Aires, cargo desempeñado durante la mayor parte del período por Juan Manuel de Rosas, de tendencia federal.

El también llamado “Restaurador” ejerció una enorme influencia sobre todo el país, de la mano de un autoritarismo, que perseguía duramente a sus opositores y censuraba a la prensa, aunque contaba con el apoyo de amplios sectores del pueblo y de las clases altas porteñas.

Durante el “rosismo” creció enormemente la actividad ganadera bonaerense, las exportaciones y algunas industrias del interior que fueron protegidas gracias a la Ley de Aduanas. No obstante Rosas se opuso a la organización nacional y a la sanción de una constitución, en definitiva sabia que flaquear en ese aspecto implicaba el reparto de las rentas aduaneras al resto del país y la pérdida de la hegemonía porteña.

En rigor, en 1845 el Estado nacional argentino todavía estaba en construcción; toda la Cuenca del Plata era un hervidero, y ni siquiera estaba claro qué parte de ella -¿el Uruguay o el Paraguay?- correspondería a la Argentina. Incluso muchos conflictos estaban pendientes de resolución.

Lo cierto era que Rosas, bloqueando el Paraná e impidiendo la libre navegación de los ríos, sostenía los intereses de Buenos Aires, una provincia que, bueno es recordarlo, hasta 1862 vaciló entre integrar el nuevo Estado o conformar un Estado autónomo.

Del otro lado del mundo, en el Parlamento británico se debatía el pedido brasileño y de algunos comerciantes ingleses para intervenir militarmente en el Plata para proteger sus intereses. Pese a comprender que no se trataría de un asunto tan fácil, las dos más grandes potencias económicas, políticas y bélicas de la época, Gran Bretaña y Francia, se unieron para atacar so pretexto “humanitario”, infaltable en toda incursión imperial, que el de apoyar a quienes se oponían al gobierno supuestamente tiránico de Rosas.


En la mañana del 20 de noviembre de 1845 pudieron divisarse claramente las siluetas de decenas de barcos. Rosas designo al general Lucio N. Mansilla, padre del genial escritor Lucio Víctor, la tarea de defender las costas criollas.

La precaria defensa argentina estaba armada según el ingenio criollo. Tres enormes cadenas atravesaban el imponente Paraná de costa a costa sostenidas en 24 barquitos, diez de ellos cargados de explosivos. Detrás de todo el dispositivo, esperaba heroicamente a la flota más poderosa del mundo una goleta nacional.

Mientras las fanfarrias todavía tocaban las estrofas del himno, desde las barrancas del Paraná nuestras baterías abrieron fuego sobre el enemigo. La lucha, claramente desigual, duró varias horas hasta que por la tarde la flota franco-inglesa desembarcó y se apoderó de las posiciones criollas. La escuadra invasora pudo cortar las cadenas y continuar su viaje hacia el norte. En la acción de la Vuelta de Obligado murieron doscientos cincuenta argentinos y medio centenar de invasores europeos.
La primera pregunta aflora sin mayor esfuerzo ¿Cuáles fueron los motivos reales de la “intervención en el Río de la Plata”?. Seria ingenuo omitir que la principal causa fue de de índole económica. Se imponía el castigo a ese gaucho insolente que desafiaba a las potencias europeas con trabas al libre comercio y medidas aduaneras que protegían los productos nacionales, y fundando un Banco Nacional que escapaba al dominio de los capitales extranjeros.

Gran Bretaña y Francia se habían unido para expandir sus mercados aprovechando el invento de los barcos de guerra a vapor, que les permitían internarse en los ríos sin depender de los vientos y así alcanzar nuestras provincias litorales, el Paraguay y el sur del Brasil. La intervención de Rosas implicaba entonces un escollo importante para el logro de este objetivo.

¿Implico esta maniobra un triunfo local? La respuesta seria no.  Técnicamente la defensa del General Mansilla termino en derrota. Honrosa y heroica, sin duda pero derrota al fin. La de los ingleses fue quizás una victoria a lo Pirro. Pero vencieron. Cortaron las cadenas, rompieron el bloqueo y llegaron con sus barcos a Corrientes, donde la sociedad local admiró los nuevos barcos de vapor y las damas alternaron y coquetearon con los oficiales británicos.

¿Fue “nacional” esta acción? Los revisionistas coinciden que Rosas defendía el interés nacional. Quizá. Pero en la época, como recordamos líneas atrás, había opiniones diferentes sobre cómo organizar el país, especialmente entre correntinos, entrerrianos y santafecinos, por no mencionar a uruguayos y paraguayos, cuya independencia Rosas cuestionaba.

Sin dudas lo que salvaguardó Rosas, con energía, fue el monopolio portuario porteño, de cuyas rentas, no compartidas, vivía la provincia. Contra éste estaban quienes creían que la libre navegación de los ríos los beneficiaría.

¿Lograron a pesar de todo las potencias europeas su objetivo? Por un lado, los historiadores sostienen que, aun pese a la derrota, no se cumplieron ninguno de los propósitos de la invasión de las potencias: las provincias litorales siguen siendo argentinas, el Paraná es un río interior de nuestro territorio y nuestro país no es un protectorado británico, como habían acordado los unitarios con las potencias “interventoras”.

Con otra visión, están quienes sugieren que el fracaso de la invasión surge de que la realidad de lo que sucedía en las costas del Paraná, eran diferentes a las imaginadas en el viejo continente. Los mercados de las provincias litorales eran menos atractivos que lo supuesto. Ninguno de los jefes políticos antirrosistas, en armas en las provincias litorales, quiso comprometerse con los ingleses. Los comerciantes británicos en Buenos Aires continuaron acumulando pérdidas con el bloqueo y reclamando una solución pacífica. Esto sumado a que las fuerzas militares de Rosas, luego de la derrota del 20 de noviembre, practicaron una tenaz y meritoria guerrilla de retaguardia, que ocasionó pérdidas a la flota y a los buques mercantes ingleses, implicaron más problemas que beneficios.

Cierto es que ambos ángulos de la historia coinciden en la majestuosidad de la estrategia criolla.  Se sostuvo en base a tres premisas claras:

  • Era imposible vencer militarmente a los invasores por la diferencia de poderío y experiencia, lo que hacía inevitable que tuvieran éxito en su propósito de remontar el río Paraná.
  • Dado que se trataba de una operación comercial encubierta, el objetivo era provocarles daños económicos suficientes como para hacerlos desistir de la empresa y lograr así una victoria estratégica que vigorosas negociaciones diplomáticas harían luego contundente.
  • Era necesario buscar un lugar del Paraná donde fuera posible alcanzar los barcos enemigos con los escasos, anticuados y poco potentes cañones con que se contaba.

Mansilla emplazó cuatro baterías en el lugar conocido como Vuelta de Obligado, donde el río se angosta y describe una curva que dificultaba la navegación. Allí se tendieron tres gruesas cadenas sostenidas sobre barcazas y así lograron que durante el tiempo que tardaron en cortarlas los enemigos sufrieran numerosas bajas en soldados y marineros y devastadores daños en sus barcos de guerra y en los mercantes. El calvario de las armadas europeas y los convoyes que las seguían continuó durante el viaje de ida y de regreso, siendo ferozmente atacadas desde las baterías de “Quebracho”, del “Tonelero”, de “San Lorenzo” y, otra vez, desde “Obligado”. La estrategia de Rosas y Mansilla tuvo éxito y se ubica entra las mas importantes de la historia militar criolla.

En conclusión, la dificultad de entender como “nación” a la Argentina de 1845, cuando aun el estado se encontraba en formación, y la ambigüedad en los intereses que pretendió defender Rosas (es decir si acaso decidió cuidar la dignidad de su gobierno ante la altivez extrajera o protegió el interés porteño en evitar la libre navegación de los ríos) convidan a reflexionar sobre la importancia de la fecha en el ámbito latinoamericano.

La Vuelta de Obligado fortaleció un rasgo clave de la ideología rosista: el americanismo criollista, parte de la herencia de las revoluciones de independencia en toda América, que construyeron la idea de un continente libre y republicano frente a una Europa despótica.

Este sin dudas, es un rasgo que merece ser enaltecido, sobre todo en nuestros días, donde la integración latinoamericana es una apuesta concreta y la única viabilidad de nuestros países parece estar en ella.

Reflexionemos entonces, este 20 de noviembre,  en la unión latinoamericana.  Unifiquemos como región nuestro pasado y construyamos, mirando en el mañana, una identidad única por sobre las identidades nacionales.

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