Apostillas de la Vida Cotidiana

El Oso Orejudo


LLega de la mano de @Nuwanda otra serie de historias que no podes perderte. En #JotaPosta convidamos a que disfrutes de: EL OSO OREJUDO.

 

El barrio era afable. De veredas anchas con cuatro árboles por cuadra. El cielo parecía un extenso lienzo celeste. La fachada de la casa, de decorado austero, presentaba una puerta de madera gastada en medio de dos grandes ventanales que lucían las persianas bajas. La luz apenas se filtraba por las hendijas superiores entreabiertas. Cuando el detective Manuel Marcos arribó a la zona los policías ya habían cercado el perímetro con una ancha cinta amarilla. Mientras colocaba en sus manos los guantes de látex se acercó al oficial García quien lo presentó con la forense Granados.

Una mujer de curvas pronunciadas. Morocha, con el pelo recogido atado con una cinta negra. Ella se despojó de su barbijo y sonrió. Una hilera de dientes blancos evidenció una sonrisa atractiva.

– El hombre, de unos cuarenta años, dormía cuando fue atacado. Su esposa, de unos treinta, había salido para hacer mercado. Dice haber tardado unos treinta minutos, cuando regresó se encontró con el infortunado acontecimiento y llamó a la policía. – Exponía con voz suave la profesional.

– ¿Dónde esta ella ahora?

– Afuera, en la ambulancia. Estaba en estado de shock. Esta siendo asistida.

– ¿Algún otro testigo? – Consultó el detective.

– Ninguno – mientras hablaba la forense recorría la escena del crimen con sus ojos negros – Según ella el único que estaba presente era su hijo, de cinco años de edad, lo halló debajo de la mesa de la cocina. Los psicólogos lo están evaluando – la mirada de la forense Granados se desvió a la derecha.

– ¿Es el? – inquirió Manuel Marcos. La joven aseveró con la cabeza.

En la mesa de la sala principal dos hombres, vestido con guardapolvos, platicaban con el pequeño. Uno de ellos registraba todo en una carpeta marrón, el otro sujetaba un diminuto grabador color gris. Enfrente estaba sentado el niño, de cabellos rubios y ojos claros. Apretujaba un oso marrón, un poco sucio, con el botón, que hacia las veces de ojo izquierdo, pendiendo de un hilo.

El detective se aproximó y los doctores se hicieron un lado.

– ¿Cuál es tu nombre?

– Jonatan – Respondió el nene

– ¿Y el del oso? –

– Orejudo –

– ¿Necesitas algo? – quiso saber el detective

– Nada, solo mi oso – respondió, reservado como antes, el pequeño.

Manuel Marcos se alejó un poco. Palmeo en la espalda a los psicólogos y dejó que prosiguieran con su trabajo. Exploró la escena. En la pieza principal, oculto por una frazada azul a cuadros de contornos dorados, se encontraba el hombre. Presentaba una herida mortal en medio del pecho.El dormitorio se comunicaba con la sala principal y ésta, a su vez, con la cocina. El detective entró. Era pequeña. Apenas dos puertas, una daba al baño, la otra al patio trasero. A su derecha una pared y en su izquierda una mesa con sus patas carcomidas por el oxido, debajo de ella fue donde la madre encontró a Jonatan, y luego la heladera. Al frente la mesada, una cocina con una olla con guiso a medio cocinar. La alacena abierta. El detective examinó el lugar. Parecía que el tiempo se había suspendido. Todo estaba como un instante antes del crimen. La realidad simulaba estar en un estado inanimado. Manuel Marcos se acercó a otro perito. De apellido Guzmán. Alto, de facciones marcadas. Vestido, como todos, íntegramente de blanco. Con el barbijo puesto releyó lo anotado en su cuaderno:

– Las puertas no fueron forzadas. Lo que hace conjeturar que el asesino es un conocido. Estamos rastreando las llamadas. Analizamos los dichos de la esposa.Concuerdan con el de un par de vecinos, éstos afirman haberla distinguido en el almacén a la hora del crimen. Según las gotas de sangre dispersas por el piso entendemos que el sospecho entró por la puerta principal, se desplazó al dormitorio y mató al hombre. Luego, sin robar nada, se fuga por la puerta de atrás. No tememos vestigios en el patio. Ni de pisadas ni de sangre. El cuchillo tampoco esta – Mientras hablaba, el perito, repasaba las hojas del informe preliminar.

– ¿Puedo interrogar la esposa? – preguntó el detective.

– Si, claro. Aguarde un instante que la llamo – Respondió amable Guzmán

Manuel Marcos vio acercarse una mujer de contextura media. De físico delgado. La piel trigueña y unos labios minúsculos. Los ojos estaban colorados fruto del llanto.Estaba algo sedada, se notaba en su andar cansino y una mirada dispersa. Al arrimarse saludó con un beso en la mejilla al detective. Éste le dio sus condolencias y dijo:

– Entiendo que usted fue la primera en entrar a la casa –

– Así es – la voz de la mujer surgía entrecortada. Necesitaba aspirar bocanadas de aire.

– ¿Puede comentarme que fue lo que descubrió al entrar?

– Vera usted, yo estaba haciendo compras. Mi esposo no trabajaba ese día y sintió la necesidad de dormir un poco más. Como era cerca decliné de llevar a Jonatan, quien quedo jugando en su pieza. Cuando regreso, paso por la sala y antes de entrar a la cocina miro de reojo el cuarto. Fue entonces que detecte que el dormitorio estaba todo manchado de sangre. Me acerque y vi a mi marido herido, corrí suplicando ayuda y comencé a buscar a mi hijo. Estaba en la cocina, debajo de la mesa. Lo alzo y corro a la calle, gritando desesperada. El oficial Sánchez pasaba por allí y en quince minutos mi casa se colma de policías.

– ¿Sospecha de alguien en particular? ¿Su esposo tenia enemigos?

– No señor. Nada de eso. Somos una familia normal. No se que pudo suceder. Es muy extraño, solo se que mi esposo ya no esta. – La mujer respiraba forzadamente y sollozaba.

– Está bien. Tranquilícese, tome algo de agua. Y gracias por su tiempo – Manuel Marcos escoltó a la mujer hasta la ambulancia donde un medico le acercó de beber.

El detective acarició su barbilla con su mano izquierda. Analizó con la mirada la escena. Se arrimó a la puerta de entrada y observó desde esa perspectiva el lugar. A su la izquierda el nene permanecía sentado, siempre en el mismo lugar, pero ahora sin los doctores. El investigador pestañó y retomó la concentración en evaluar el territorio.

Algunos profesionales recolectaban evidencias, otros plasmaban observaciones en sus informes preliminares. Dos policías cumplían guardia en la calle, mientras que tres agentes obtenían declaraciones a familiares y amigos en un rincon del patio delantero.

La perito Granados alzó el nene entre sus brazos, con intención de llevarlo hasta su madre. Al pasar el detective mimó la cabeza del niño que lo miraba por sobre el hombro de la joven.

– Oso, oso, oso – repitió.

Manuel Marcos descubrió el juguete que estaba en el piso. Lo recogió y se lo ofreció.Jonatan lo sujetó con fuerza.

– Oso, oso – repetía mientras abrazaba el peluche. La perito le hizo percatarse que ya lo tenía en sus manos.

– Oso, oso– proseguía el niño y estrujaba su mirada en la alacena de la cocina.

El detective giró súbitamente su cabeza, alineando su vista en la misma dirección que la del pequeño. Entre alimentos de conserva, frascos con especias y cajas de cereales diferenció una lata de leche. Era amarilla y tenía un sonriente oso ilustrado en la etiqueta. Volvió a mirar a Jonatan que se extraviaba entre los agentes y se aproximaba a su madre. El detective contemplaba al niño y la despensa, repetidamente. Las miradas de ambos se entrelazaron por última vez. Manuel Marcos distinguió que la tapa, de la lata amarilla con un oso en su frente, estaba entreabierta y desprendía un espeso líquido de color rojo, al unísono los ojos celestes de Jonatan se tornaron brillosos y una sonrisa macabra inundó su rostro angelical.

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